La poesía también sabe improvisar. Octavio Paz hablaba de la palabra como ritmo, Alejandra Pizarnik dejaba silencios que eran más intensos que las frases, José Emilio Pacheco escribía versos que se repetían como mantras. Cada uno, a su manera, tocaba como un músico de jazz: con pausas, con variaciones, con gestos que no se ajustan al dogma.
Leer un poema es como escuchar un solo de saxofón. La cadencia no está en la métrica fija, sino en la respiración. El verso se abre como compás, la imagen se repite como riff, el silencio se convierte en improvisación. La poesía latinoamericana, igual que el jazz, es archivo vivo: se reinventa cada vez que alguien la escucha o la lee.
En ZíncopaSOS la palabra se vuelve música. El poema es saxofón, la metáfora es trompeta, el silencio es contrabajo. La literatura no es dogma, es atmósfera.
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